Un crimen moderno ante el clásico Sherlock Holmes

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Dos estilos, dos épocas, distinta ambientación y un mismo género. El sabueso (perro) de los Baskerville y la Ola de Calor de Castle comparten apellido ilustre, coqueteos con la televisión y un caso policíaco. Unos planteamientos similares, pero también con distinta ejecución literaria.

La novela o cuento largo de Arthur Conan Doyle es, con merecimiento, uno de los clásicos del género debido a su extraordinaria ambientación, al manejo de la intriga, a la visión en primera persona del ayudante de Holmes, el doctor Watson. Desde el inicio, el lector se traslada al páramo de Baskerville, entre colinas, noches inquietantes y bosques en los que la mente del receptor imagina neblina, brumas y aullidos…

Por su parte, la lectura del Castle es una copia en formato novela de una serie de televisión. Precisamente, su corrección y extenderse en los detalles, en los matices, permite que su lectura pueda ser incluso recomendable. No es un obra maestra, no pasará a la historia del género, pero sirve para pasar unas horas de forma distraída. Mantiene los tiempos, tiene ciertos giros dramáticos y añade una dosis necesaria de sexo para añadir morbo a las relaciones personales. Una historia actual.

Precisamente, las relaciones personales son las que hacen fluir la historia de  Ola de Calor durante muchas páginas, porque el interés del caso no avanza los suficiente. No ocurre así en la campiña inglesa de Barkerville. Cada detalle, cada página puede esconder una clave que adquirirá su importancia en el futuro. Castle es para leer en el metro o el autobús, la historia protagonizada por Sherlock Holmes es para saborear en cada línea, casi en cada palabra.

No obstante, no deja de ser curiosa la evolución social que permite trazar ambas piezas literarias enmarcadas en un mismo género. Una es en una sociedad totalmente rural, de costumbres pasadas, carruajes, formas y tiempos diferenciados. Otra es absolutamente urbana, que refleja costumbres urbanas, prisas de ciudad y lenguaje actual, incluida la moderna dosis de sexo explícito. El lector debe entender ambas situaciones y el escritor ser capaz de trasladar al lector a la sociedad descrita como si pintara un cuadro o tomara un vídeo de alta resolución. Artur Conan Doyle lo obtiene y ¿Castle?

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