Una día de trabajo que comienza con una muerte

santiagobaja

Una nueva jornada laboral. Salgo de casa, bajo por la rúa de O Hórreo y tengo que esperar aquí a que me recoja mi compañero. En dos o tres minutos llegará. Un señor, viene un señor tambaleándose por la calle. Acaba de golpear un árbol, creo que tiene unos sententa años. Una mujer de la misma edad está a su lado. Se acaba de desplomar. Voy ayudarle.

Entre tres personas acabamos de levantar al anciano, que tiene mal aspecto, pero me dice “estoy bien”. Propongo llamar una ambulancia, pero su acompañante dice que van andando hacia el médico que está a unos cien metros, pero este hombre no es capaz de andar. “Íbamos a venir en coche, pero claro, no puede conducir y después teníamos que meterlo en el parking y es mucho dinero”, argumenta la esposa del enfermo.

Manolo, mi compañero de trabajo, apareció con la furgoneta. Ante la falta de consenso sobre si llamar a la ambulancia, la misma sirve para trasladarlo. Ayudo a subirlo y hago un sitio para la esposa. Pero, bueno, si la señora se acaba de sentar en el asiento del acompañante. Voy a tener que ir yo al lado de este hombre que, cada vez, está más blanco.

“Me dió una noche malísima. No me dejó dormir”, indica la mujer desde la parte delantera del coche. “Es que tiene problemas respiratorios”, aclara sobre su marido que, por su parte, no articula palabra. Mientras tanto, parece que le cae algo por la nariz, lo veo cerca, a unos treinta centímetros. El centro médico, estamos llegando.

Salgo a la velocidad de la luz del coche en busca de algún médico, celador o similar. Encuentro una doctora que se acerca al vehículo y pide una silla de ruedas. La esposa la trae, pero todavía no son capaces de sacar al hombre de la furgoneta. Parece que este inicio accidentado de jornada no se termina nunca. Ahora llega la camilla y personal de refuerzo. “Dios mío, pero que mal está, dios mío que mal está”, grita sin parar la señora. “Pero mira, dios mío, que mal está, dios mía, mira está fatal”.

Y, claro, de tanta insistencia, termino por dirigir la mirada hacia el interior de la furgoneta mientras tres empleados del centro médico se afanan por sacar al enfermo y, de repende, al hombre se le hinchan los pulmones y suelta todo el aire. Esto no puede estar pasando, creo que es su última bocanada de aire.

Sacan al anciano o cadáver o lo que sea del interior del automóvil. Creo que se lo van a llevar mientras la esposa sigue hablando “¿tiene pulso?”, me parece que pregunta. Entran a toda velocidad en el centro hospitalario y me dejan un paraguas de recuerdo. Lo entrego en recepción, subo al coche, que ahora dispone del asiento de acompañante libre y dirijo la mirada hacia atrás…

Unos minutos después confirman desde el centro de salud que el anciano, cuyo nombre desconozco, falleció. Ese “estoy bien” fueron sus últimas palabras y me pregunto si su señora esposa lo está llorando o se encuentra cantando por la felicidad. “Es que tiene problemas respiratorios” resuena en mi cabeza. “Los tendría y para rematarlo lo llevo andando al médico”, susurra una voz en mi interior.

P.D. Elijan ustedes si esta historia es ficción o realidad.